EL NOMBRE DE LA ROSA

PROLOGO
En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel deberĂa repetir cada dĂa con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la Ăşnica que puede afirmarse con certeza incontrovertible.
Pero videmus nunc per speculum et in aenigmate y la verdad, antes de manifestarse a cara descubierta, se muestra en fragmentos (¡ay, cuán ilegibles!), mezclada con el error de este mundo, de modo que debemos deletrear sus fieles signáculos incluso allĂ donde nos parecen oscuros y casi forjados por una voluntad totalmente orientada hacia el mal. Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrĂ©pito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando asĂ de la luz inefable de las inteligencias angĂ©licas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aĂşn me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oĂ, y sin aventurar interpretaciĂłn alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan despuĂ©s (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
LEA TAMBIÉN.
El señor me concede la gracia de dar fiel testimonio de los acontecimientos que se produjeron en la abadĂa cuyo nombre incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio, hacia finales del año 1327, cuando el emperador Ludovico entrĂł en Italia para restaurar la dignidad del sacro imperio romano, segĂşn los designios del AltĂsimo y para confusiĂłn del infame usurpador simonĂaco y heresiarca que en Aviñón deshonrĂł el santo nombre del apĂłstol (me refiero al alma pecadora de Jacques de Cahors, al que los impĂos veneran como Juan XXII). Para comprender mejor los acontecimientos en que me vi implicado, quizá convenga recordar lo que estaba sucediendo en aquellas dĂ©cadas, tal como entonces lo comprendĂ, viviĂ©ndolo, y tal como ahora lo recuerdo, enriquecido con lo que más tarde he oĂdo contar sobre ello, siempre y cuando mi memoria sea capaz de atar los cabos de tantos y tan confusos acontecimientos.
Primer dĂa
PRIMA
Donde se llega al pie de la abadĂa y Guillermo da pruebas de gran dureza. Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche habĂa nevado un poco, pero la fresca capa que cubrĂa el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, en seguida despuĂ©s de laudes, habĂamos oĂdo misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habĂamos puesto en camino hacia las montañas. Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadĂa.
No me impresionĂł la muralla que la rodeaba, similar a otras que habĂa visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que despuĂ©s supe que era el Edificio. Se trataba de una construcciĂłn octogonal que de lejos parecĂa un tetrágono (figura perfectĂsima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguĂan sobre la meseta de la abadĂa, mientras que los septentrionales parecĂan surgir de las mismas faldas de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero decir que en algunas partes, mirando desde abajo, la roca parecĂa prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta altura, en burche y torreĂłn (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la tierra como con el cielo). Tres Ăłrdenes de ventanas expresaban el ritmo ternario de la elevaciĂłn, de modo que lo que era fĂsicamente cuadrado en la tierra era espiritualmente triangular en el ciclo.
Al acercarse más se advertĂa que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torreĂłn heptagonal, cinco de cuyos lados asomaban hacia afuera; o sea que cuatro de los ocho lados del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia afuera se manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonĂa de tantos nĂşmeros sagrados, cada uno revestido de un sutilĂsimo sentido espiritual. Ocho es el nĂşmero de la perfecciĂłn de todo tetrágono; cuatro, el nĂşmero de los evangelios; cinco, el nĂşmero de las partes del mundo; siete, el nĂşmero de los dones del EspĂritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel Urbino o a Castel dal Monte, que luego verĂa en el sur de la penĂnsula italiana, pero por su posiciĂłn inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era una diáfana mañana de invierno y no vi la construcciĂłn con el aspecto que presenta en los dĂas de tormenta.
En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel deberĂa repetir cada dĂa con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la Ăşnica que puede afirmarse con certeza incontrovertible.
Pero videmus nunc per speculum et in aenigmate y la verdad, antes de manifestarse a cara descubierta, se muestra en fragmentos (¡ay, cuán ilegibles!), mezclada con el error de este mundo, de modo que debemos deletrear sus fieles signáculos incluso allĂ donde nos parecen oscuros y casi forjados por una voluntad totalmente orientada hacia el mal. Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrĂ©pito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando asĂ de la luz inefable de las inteligencias angĂ©licas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aĂşn me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oĂ, y sin aventurar interpretaciĂłn alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan despuĂ©s (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.
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El señor me concede la gracia de dar fiel testimonio de los acontecimientos que se produjeron en la abadĂa cuyo nombre incluso conviene ahora cubrir con un piadoso manto de silencio, hacia finales del año 1327, cuando el emperador Ludovico entrĂł en Italia para restaurar la dignidad del sacro imperio romano, segĂşn los designios del AltĂsimo y para confusiĂłn del infame usurpador simonĂaco y heresiarca que en Aviñón deshonrĂł el santo nombre del apĂłstol (me refiero al alma pecadora de Jacques de Cahors, al que los impĂos veneran como Juan XXII). Para comprender mejor los acontecimientos en que me vi implicado, quizá convenga recordar lo que estaba sucediendo en aquellas dĂ©cadas, tal como entonces lo comprendĂ, viviĂ©ndolo, y tal como ahora lo recuerdo, enriquecido con lo que más tarde he oĂdo contar sobre ello, siempre y cuando mi memoria sea capaz de atar los cabos de tantos y tan confusos acontecimientos.
Primer dĂa
PRIMA
Donde se llega al pie de la abadĂa y Guillermo da pruebas de gran dureza. Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche habĂa nevado un poco, pero la fresca capa que cubrĂa el suelo no superaba los tres dedos de espesor. A oscuras, en seguida despuĂ©s de laudes, habĂamos oĂdo misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habĂamos puesto en camino hacia las montañas. Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadĂa.
No me impresionĂł la muralla que la rodeaba, similar a otras que habĂa visto en todo el mundo cristiano, sino la mole de lo que despuĂ©s supe que era el Edificio. Se trataba de una construcciĂłn octogonal que de lejos parecĂa un tetrágono (figura perfectĂsima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios), cuyos lados meridionales se erguĂan sobre la meseta de la abadĂa, mientras que los septentrionales parecĂan surgir de las mismas faldas de la montaña, arraigando en ellas y alzándose como un despeñadero. Quiero decir que en algunas partes, mirando desde abajo, la roca parecĂa prolongarse hacia el cielo, sin cambio de color ni de materia, y convertirse, a cierta altura, en burche y torreĂłn (obra de gigantes habituados a tratar tanto con la tierra como con el cielo). Tres Ăłrdenes de ventanas expresaban el ritmo ternario de la elevaciĂłn, de modo que lo que era fĂsicamente cuadrado en la tierra era espiritualmente triangular en el ciclo.
Al acercarse más se advertĂa que, en cada ángulo, la forma cuadrangular engendraba un torreĂłn heptagonal, cinco de cuyos lados asomaban hacia afuera; o sea que cuatro de los ocho lados del octágono mayor engendraban cuatro heptágonos menores, que hacia afuera se manifestaban como pentágonos. Evidente, y admirable, armonĂa de tantos nĂşmeros sagrados, cada uno revestido de un sutilĂsimo sentido espiritual. Ocho es el nĂşmero de la perfecciĂłn de todo tetrágono; cuatro, el nĂşmero de los evangelios; cinco, el nĂşmero de las partes del mundo; siete, el nĂşmero de los dones del EspĂritu Santo. Por la mole, y por la forma, el Edificio era similar a Castel Urbino o a Castel dal Monte, que luego verĂa en el sur de la penĂnsula italiana, pero por su posiciĂłn inaccesible era más tremendo que ellos, y capaz de infundir temor al viajero que se fuese acercando poco a poco. Por suerte era una diáfana mañana de invierno y no vi la construcciĂłn con el aspecto que presenta en los dĂas de tormenta.
CONTRASEÑA: MISTERDILAN93
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